Quizá estábamos equivocados y con el concierto de anoche, nuestro concierto treinta y cinco en el Auditorio Nacional, llegue por fin el momento de pensar si, en realidad, estamos equivocados.
Porque tal vez la Orquesta Sinfónica de Galicia no necesite unas condiciones de trabajo adecuadas y que debamos aceptar con normalidad que cuando inaugure salas como el Auditorio de Barcelona (en 1999) o el remozado Teatro Real de Madrid (en 1998) se encuentre más cómoda en ellos que en su propia casa.
Quizá no merezca una gestión eficaz, ni unas mejores condiciones de viaje, porque ya es momento de pensar si no será verdad que la OSG está en todo equivocada como también lo habrían estado Bernstein, Karajan, Giulini o Toscanini, que entregaron sus vidas a una causa totalmente errada. Reconocer al fin que Bach fue un error, Beethoven un desvarío y Wagner una extravagancia. Que Chopin perdió el tiempo, que Dvorák debería haber abierto un ultramarinos o dedicarse al comercio del pescado, que Schoenberg hizo una revolución que a nadie importaba, que Shostakóvich debería haberse convertido en un aplicado miembro del partido porque lo que en verdad tiene sentido es pura ideología y el fin de la democracia, que Messiaen tendría que haberse dedicado a la burocracia y en lugar de entregar su vida a la música y al buen Dios debería haberlo hecho a las innumerables satisfacciones y alegrías de los laberintos sin propósito ni fin de la administración pública.
Tal vez deberíamos reconocer que necesitamos menos Mozart y más influencers de la gastronomía, mejores abogados y nuevos chupatintas porque lo que de verdad nos sobran son las catedrales y el Museo del Prado. Que el mundo sería un lugar mejor sin la geometría algebraica y sin la física cuántica y que lo verdaderamente importante se encuentra en cualquier otra parte.
Admitir, al fin, que la música que nos hace humanos en nuestra perfecta imperfección en realidad no es necesaria, como tampoco lo son los teoremas de la indecibilidad de Gödel o los axiomas de la matemática, ni la obra de Kant o la de Proust ni el punto de cruz que hacía mi madre porque todas las conquistas de los seres humanos en verdad no son nada.
Sí, tal vez sea hora de reconocer que estábamos equivocados.
Pero es que luego llega el concierto y todas las dudas se nos pasan: a pesar del cansancio acumulado en un viaje atroz, del desánimo y la zozobra de no conseguir ni una mínima mención al trabajo en alguna publicación local, de la espalda de Jozef llegando al final de su vida útil o del estómago de Carolina a medio destruir justo antes de uno de los solos de corno inglés más hermosos de la literatura orquestal, con el concierto, en fin, se despliega toda la magia. No se puede explicar, no se puede contener, simplemente sucede y cada integrante de la OSG se entrega a ella como si el de Madrid fuese el último concierto del fin de los tiempos. Y cuando el público rompe en alaridos de entusiasmo y se pone en pie pienso que, pese a que todos nosotros podamos estar equivocados, seguiremos en la carretera mientras nos duren las ruedas.
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