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Chopin, un colibrí y una nota en la palma de la mano

Hay muchas maneras de interpretar el Concierto para piano n. 1 de Chopin, es de suponer que casi tantas como intérpretes, pero se pueden clasificar todas en dos únicos grandes grupos: aquellas que te desplazan de tu vida terrena y las que te matan a pastelazos en la cara.
Afortunadamente Jan Lisiecki y Roberto González-Monjas transitan la vida ultraterrena que se esconde entre estos pentagramas. Verlos y escucharlos en el ensayo es lo más cerca que estarás nunca de la magia. Lisiecki recorre con sus manos el teclado como si en lugar de con dedos lo hiciese con plumas haciendo que las melodías adquieran la maleabilidad y sutileza del agua cristalina y pura para hacerte olvidar que el piano es, en realidad, un instrumento de percusión.
Roberto y Jan se intercambian fugaces miradas cómplices aquí y allá, como dos chiquillos compartiendo algún secreto. Ambos viven la música como si hubiesen crecido juntos en el mismo barrio: en los pasajes más sutiles y delicados, acercándose ya a una transición de esto a aquello que se difumina y extingue, los dos comparten un mismo gesto y desvían la mirada del teclado o de de la orquesta, como si no quisieran evitar que los ojos interrumpan lo que parece nacer y crecer de la mismísima nada.
En los últimos compases del Romance central Lisieki levanta el vuelo como un colibrí evaporando la melodía y al llegar a la última nota, ligera como una pluma, Roberto la dispersa de un soplido en la palma de su mano.

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