Gira mayo 2025

El maestro, las partículas elementales y la Novena de Dvorák

Cualquier comunicador especializado estaría encantado de explicar al mundo, de una vez por todas, para qué sirve un director de orquesta. Pero esta siempre ha sido una tarea condenada al fracaso. Y no precisamente porque el maestro sea un elemento puramente ornamental como, por otra parte, casi toda la humanidad piensa. La tarea del tal explicación resulta compleja y se me ocurrió que nada mejor que compararla con la mecánica cuántica que, como decía Richard Feynman, si crees que la entiendes entonces es que no la comprendes.

Dice la mecánica cuántica en su interpretación de Copenhague que las partículas elementales como los electrones o los fotones existen en una superposición de estados que se describen en la función de onda —cosas de los matemáticos, no le des más vueltas— y que sus propiedades —posición, momento etc.— no tienen valores concretos antes de la medición. Cuando por fin se realiza la medición, observación o interacción con el sistema las partículas «adquieren» un estado específico según las probabilidades que dicta.

Pues el director de orquesta es como el observador encargado de interactuar con el sistema, que en el caso que nos ocupa es una partitura musical en superposición con todos sus estados posibles. Si los valores de las partículas son indeterminados hasta que se miden, así ocurre también con los valores del forte, el piano, el tempo, el crescendo, el legato etc. hasta que el director y los intérpretes le asignan un valor. Ese valor es único para cada interacción y para cada momento. En esas indicaciones como rango de valores posibles, el maestro elige (consciente o intuitivamente) la manifestación específica dentro de ese rango de posibilidades, elección que está moldeada por su técnica, su sensibilidad y el contexto. Interpretar una obra como la Sinfonía nº 9 del Nuevo Mundo de Dvorák es como el colapso de la función de onda en la medición cuántica, donde el observador, al interactuar con el sistema, «fija» un valor específico de entre todas las probabilidades.
Lo que sabemos es que tanto en la música como en la física cuántica, el acto de observar e interpretar no es pasivo, sino que participa en la creación del resultado final. El intérprete, como el observador cuántico, no solo revela, sino que en cierto sentido co-crea los atributos de la obra o del sistema. Es, como en la ciencia, la exploración de lo indeterminado.

El maestro y la Novena de Dvorák
¿Y quieres saber cómo acaba de pulir Roberto González-Monjas los atributos de la obra en el ensayo previo al primer concierto de esta gira en Girona…? Pues lo hace con mucha energía pero con extremo cuidado. Cuando se pone al frente de la orquesta parece que un enorme flujo de electrones recorre la escena. Focaliza el trabajo en aquellos pasajes donde hay que moldear atributos más complejos. Este momento en los violines «queda demasiado psicopático», y la sección entera lo entiende a la primera; en alguna ocasión señala que «estamos demasiado apalancados», y de pronto la temperatura del escenario aumenta en dos o tres grados, y en un pasaje en el que la cuerda parece amortiguar demasiado rápido la extinción del sonido advierte «cuidado con la palanca del freno de mano…». Y si en algún pasaje la orquesta le parece demasiado precavida, enseguida señala que hay que tener «cuidado con poner cinturón de seguridad tras cinturón de seguridad».
En varios momentos del ensayo el maestro desciende del escenario y se planta en un extremo de la sala para comprobar cuál es el sonido que llega de toda la orquesta. En uno de esos momentos suena el solo de corno inglés del Largo de la Sinfonía del Nuevo Mundo, ese leve soplo de nostalgia que cuando pasa te acaricia el alma. Roberto sube las escaleras del patio de butacas y dice muy bajito a alguien que escucha «¡qué música tan bonita!».

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